En el año 2002, el discurso de Alvaro Uribe recibiendo la banda presidencial de Colombia giró alrededor del asesinato de su padre, Alberto Uribe Sierra. Según la versión del presidente, evitando un secuestro perpetrado por la guerrilla fue asesinado, marcando su vida para siempre con el recuerdo de ese momento, al punto que viviría presentándolo como el hecho fundacional del mito de origen de su carrera política y de sus ambiciones públicas en la construcción de un país basado en la necesidad de buscar justicia a través de la venganza colectiva contra quienes señaló como responsables de arrebatarle la vida a su padre. Iván Cepeda, cuyo padre, Manuel Cepeda, fue asesinado en un atentado en Bogotá, se convirtió en el mayor opositor judicial de Álvaro Uribe en el cuarto de siglo transcurrido desde su primera presidencia el 2002 hasta hoy, 24 años después, cuando ahora como candidato presidencial, nos presenta una opción distinta para construir país respecto a la encarnada por Uribe. Uribe y Cepeda, Cepeda y Uribe, el niño que montaba caballo con los hermanos Ochoa y el que caminaba viejas calles de países extranjeros en el exilio familiar, el estudiante de derecho de la de Antioquia y el de filosofía en Bulgaria, el político de los vuelos del Cartel de Medellín, que figuró el año 91 en el informe de inteligencia de la DIA de EEUU en Colombia como narcotraficante en el número 82 de la lista, que fomentó la creación de grupos paramilitares como gobernador, y siendo presidente, ordenó las ejecuciones extrajudiciales que llamamos falsos positivos, se encuentra con el hombre del Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado (MOVICE). Por sus vidas pasó parte de la vida nuestra, encontrándose hoy dos hijos de Colombia de padres asesinados en las antípodas del espectro político nacional siendo portadores de diferentes proyectos de país en relación a sus reacciones frente a un mismo suceso de dolor. Uribe comprende que el asesinato de su padre requiere de una venganza que pasa por el exterminio de todo lo relacionado con el pensamiento de izquierda porque lo asume subversivo, terrorista, y responsable de la muerte de su padre. Su narrativa consiste en señalar a la guerrilla como la detonante de todos los males del país, a toda la izquierda política como guerrillera, y a todo aquel que no comulgue con sus postulados como cómplice de la izquierda guerrillera terrorista, llegando incluso al punto de acusar al ex presidente Juan Manuel Santos de ser operador político de la insurgencia. Cepeda, luego del asesinato de su padre, no enciende la llama de la venganza en su vida para exterminar a quien considere responsable colectivo de su tragedia familiar, si no que da inicio a una búsqueda de verdad, justicia, reparación y construcción de paz para Colombia, forma la fundación Manuel Cepeda y el MOVICE, ingresa a la vida política y judicial para mediante la palabra pública y el derecho contribuir a que cese la proliferación de un país lleno de huérfanos y terror. Uribe y Cepeda, Cepeda y Uribe, conformar ejércitos privados para vengarse u organizarse junto a más víctimas para buscar justicia, usar el Estado como parte activa del conflicto e instrumento de uno de los bandos o que sea el mediador de las diferencias entre los colombianos para garantizar una efectiva paz social y un país donde no vivamos matándonos entre nosotros, si no que permita el desarrollo pleno de nuestras posibilidades. Colombia debe decidir qué camino tomar ante la muerte cíclica que entre colombianos nos hemos generado haciéndonos la herida común de un país que no deja de sangrar. Nueva venganza o paz. Desde que mataron a Gaitán, e incluso desde antes, las bananeras, los mil días y las guerras civiles, desde la esclavitud y la colonia no ha parado el exterminio y la venganza como motor del movimiento político, social y militar durante años y sin pausa, por eso hoy, Abelardo de la Espriella habla sin tapujos de destripar a la izquierda. ¿Podremos cambiar nuestra realidad, y que por fin Colombia, como se preguntaba Gonzalo Arango en su Elegía a Desquite, pueda no matar a sus hijos si no hacerlos dignos de vivir? Colombia deberá responder esa pregunta, la desgracia que profetizó el poeta ya ocurrió varias veces y la pregunta no ha cambiado.
Manuel García Barreto




