La Chispa_ A ocho años de la partida de Carlos Lozano Guillen, su columna semanal sigue siendo una guía para leer la realidad desde los intereses populares.

Carlos Lozano fue ante todo un revolucionario, un político y un gran periodista. No un comentarista de escritorio, sino un militante de la palabra que durante décadas alimentó las páginas del semanario VOZ —el periódico de los comunistas, «la verdad del pueblo»— con una producción intelectual tan vasta como rigurosa. Escribió columnas, editoriales, crónicas y análisis que no solo informaban, sino que orientaban. Su columna «El Mirador» era una cita obligada para quienes querían entender la coyuntura sin engaños. Allí no había neutralidad de laboratorio: había interpretación de clase, lectura de la realidad desde los intereses populares y una claridad meridiana para identificar al adversario.
En medio de la guerra sucia que desató el uribismo contra la izquierda, Lozano mantuvo viva la llama de VOZ. No fue tarea fácil. La persecución a periodistas, dirigentes sociales y comunistas era sistemática. Los archivos del DAS, las «chuzadas», los procesos judiciales con pruebas falsas —como el que compartió con Iván Cepeda— fueron parte del hostigamiento. Pero Carlos no dobló la pluma. Siguió escribiendo, analizando y orientando, porque entendía que en un país donde la izquierda era minoría perseguida, el periodismo combativo era una trinchera irrenunciable.
Su capacidad política para leer la agenda en medio de las dificultades era proverbial. No se perdía en debates menores. Detectaba los momentos políticos clave, los desmontaba en términos de lucha de clases y señalaba las tareas concretas para el movimiento popular. Por eso «El Mirador» era tan comentado: no solo describía, sino que enseñaba a pensar. Fue un formador de opinión para generaciones de lectores que encontraban en sus textos no solo información, sino también herramientas para entender por qué el país seguía sumido en la violencia y la desigualdad.
Hoy gobierna el cambio en Colombia. Esa obra no ha sido el resultado de un solo hombre, sino la construcción colectiva de muchas generaciones de rebeldes que soñaron con un país distinto. Entre ellos, Carlos Lozano ocupa un lugar fundamental. Su obra periodística es parte de ese andamiaje histórico. Por eso la invitación es clara: volver a leer «El Mirador», estudiar los editoriales de VOZ, sumergirse en su pensamiento político para entender cómo se fue construyendo —contra viento y marea— la esperanza de una patria para todos. Ese es el legado que nos dejó: no una respuesta cerrada, sino un método para pensar la realidad sin rendirse ante ella.




