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El hombre de los sueños (Dream Scenario) o la memeficación de la vida

El hombre de los sueños (Dream Scenario) o la memeficación de la vida 

Por Ulises Guevara 

Algunas desventuras llegan haciendo ruido. Entran huracanadas derribando puertas, anunciando su presencia con sirenas, notificaciones, diagnósticos, citaciones judiciales. Otras por el contrario comienzan más discretamente, una mañana cualquiera, mientras se prepara el café, antes de llevar a los niños a la escuela, cuando se revisa distraídamente el teléfono o se espera el autobús, alguien, en alguna parte, comienza a hablar de ti. 

Paul Matthews no ha hecho nada. Conviene empezar por ahí. No ha descubierto una vacuna, ni escrito el libro que lleva años prometiéndose escribir, ni cometido un crimen, ni encabezado una revolución. Es apenas un profesor universitario de biología, calvo, barbudo, barrigón, ligeramente frustrado, habitante de esa vasta república de hombres y mujeres que sospechan secretamente que el mundo les debe un reconocimiento que nunca termina de llegar. 

Hasta que una noche Paul aparece en el sueño de alguien. Luego en el de otro. Después en cien. Después en miles. Y un buen día millones de personas han soñado con aquel profesor anodino que, sin proponérselo, ha conseguido aquello que nuestra época parece considerar la forma suprema de la existencia: ser visto. 

De eso trata, en apariencia, El hombre de los sueños (Dream Scenario), una película de Kristoffer Borgli protagonizada por Nicolas Cage. Pero sería demasiado fácil decir que es una película sobre los sueños. Sería, tal vez, más acertado decir quizá que es una evocación Kafkiana de alguien que es soñado por los demás. 

Lo cierto es que es una película sobre nosotros. O, más precisamente, sobre aquello en lo que nos estamos convirtiendo. 

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El hombre que se convirtió en imagen 

Al principio, Paul no hace nada dentro de los sueños de los demás. Solo está allí. Mientras ocurren incendios, accidentes, catástrofes o situaciones absurdas, él simplemente atraviesa la escena con la indiferencia de quien busca un yogurth en la sección de lácteos en un supermercado. 

Pero los soñadores comienzan a hablar de él. Y cuando suficientes personas hablan de alguien ocurre uno de los prodigios fundamentales de nuestro tiempo: la persona deja de necesitar hacer algo para convertirse en acontecimiento. Paul se vuelve famoso. 

Lo reconocen en restaurantes. Los estudiantes quieren fotografiarse con él. Los periodistas lo buscan. Una agencia de publicidad descubre inmediatamente que aquel fenómeno inexplicable puede tener patrocinadores y excelentes posibilidades de marketing. 

Paul, que llevaba años deseando ser reconocido por sus ideas, descubre que el mundo finalmente quiere escucharlo, aunque nadie tenga demasiado interés en sus ideas. Quieren su rostro. Entonces comienza la metamorfosis. 

Paul Matthews, profesor de biología, esposo de Janet, padre de dos niñas, hombre con recuerdos, frustraciones, deseos, miserias y una historia personal, empieza a desaparecer detrás de otra criatura: Paul Matthews, el hombre de los sueños. 

Y esa segunda criatura ya no le pertenece. Quizás sea esta una de las tragedias más silenciosas de nuestro tiempo. Durante siglos los seres humanos temieron perder la libertad, la tierra, el nombre, la patria, el cuerpo. Nosotros hemos inventado una forma adicional de desposesión: perder la propiedad sobre nuestra propia imagen. 

La gran fábrica de memes 

El meme suele parecernos una cosa pequeña. Un gato. Una fotografía. Una frase. Un político sorprendido en un gesto desafortunado. Un futbolista llorando. Una mujer gritando. Un hombre mirando a otra mujer mientras su novia lo observa indignada. Nos reímos, compartimos y seguimos deslizando el dedo. 

Pero debajo de aquella aparente frivolidad está ocurriendo algo extraordinario. Una fotografía es arrancada de su historia, separada de las circunstancias que le dieron origen y arrojada a una maquinaria colectiva donde millones de desconocidos pueden otorgarle nuevos significados. El meme es, en ese sentido, una imagen que ha perdido a su dueño. 

Y eso mismo le ocurre a Paul. Primero es un hombre común. Luego imagen. Después celebridad. Luego objeto sexual. Finalmente, monstruo. Y por último le llega la “cancelación” ese otro fenómeno de nuestro tiempo, esa suerte de exilio social, que se le impone a ciertas personas. 

Lo extraordinario de este filme es que Paul no ha cambiado. Lo que cambia es el relato que los demás construyen sobre él. Y ahí El hombre de los sueños deja de hablar solamente de Internet. Porque acaso hemos comenzado a memeficar la vida entera. 

Movie Review of Dream Scenario

Tú no eres tú. 

Alguna vez se creyó que las redes sociales servían para representar nuestras vidas. Ahora las vidas empiezan a organizarse para producir las representaciones. Ya no viajamos solamente: fotografiamos el viaje, sino este es como que nunca hubiera tenido lugar. No comemos solamente: fotografiamos el plato. No asistimos solamente a un concierto: levantamos el teléfono para demostrar que estuvimos allí. 

No basta con amar, indignarse, estudiar, correr, leer, cocinar, criar un hijo, atravesar una tristeza o contemplar el mar. Cada experiencia parece adquirir una segunda obligación: ser mostrada. Y lentamente aparece una criatura paralela. 

El Miguel de Instagram. La Carolina de LinkedIn. El Andrés de X. La Marcela de TikTok. 

Cada uno cuidadosamente editado, encuadrado, subtitulado, filtrado y puesto en circulación. Hasta que ocurre una inversión prodigiosa: ya no construimos la imagen para representar la vida. Comenzamos a construir la vida para alimentar la imagen. 

Y entonces somos nosotros quienes intentamos parecernos al personaje que inventamos. Paul descubre exactamente eso cuando una joven que ha tenido un apasionado sueño erótico con él. Entonces ella le pide que el reproduzca en la realidad aquello que hizo su versión onírica con ella. Y entonces la escena se vuelve incómoda, patética, casi insoportable. Porque Paul intenta interpretar al Paul soñado por otra persona, un desconocido onírico para el mismo. El hombre real trata de parecerse al hombre imaginado…y fracasa miserablemente. 

Quizás porque nadie puede competir indefinidamente contra su propio avatar. 

Dream Scenario: Metameme de un NPC – El Contraplano

El tribunal de los sueños 

Pero entonces sucede algo peor en el siguiente acto. Los sueños cambian. El Paul inofensivo comienza a cometer atrocidades dentro de ellos. Viola. Asesina. Persigue. Aterroriza. Y las personas comienzan a temerle. El Paul verdadero protesta con una lógica impecable: yo no hice nada. 

Y tiene razón. Pero también había aceptado con un dejo de encanto los aplausos y el reconocimiento cuando tampoco había hecho nada. Aquí Borgli introduce el cuchillo. Cuando millones de personas amaban al Paul imaginario, Paul estaba dispuesto a disfrutar las consecuencias. 

Cuando millones comienzan a odiarlo por las acciones de ese mismo personaje imaginario, exige que distingan entre representación y realidad. Pero la máquina ya no sabe hacer esa distinción. Quizás nunca supo. 

El mismo mecanismo que fabrica celebridades fabrica monstruos. El mismo algoritmo que corona puede lapidar. La multitud que ayer gritaba tu nombre puede mañana exigir tu expulsión. Tu cancelación. No porque necesariamente hayas cambiado tú. Puede haber cambiado simplemente el relato sobre ti. Y hay pocas cosas más difíciles de derrotar que un relato colectivo. 

El mercado descubre el inconsciente 

Pero el capitalismo posee una virtud extraordinaria: pocas cosas permanecen demasiado tiempo inexplicables antes de convertirse en modelo de negocio. También los sueños. Hacia el final de la película, aquello que comenzó como un acontecimiento misterioso termina convertido en tecnología. 

Se aprende a entrar en los sueños tecnológicamente. Y casi inmediatamente aparecen la publicidad, los influencers, las marcas que anhelan ser impregnadas oníricamente en el deseo de los soñadores. 

El último territorio que creíamos inexpugnable —ese lugar secreto donde uno podía todavía encontrarse desnudo frente a una multitud, conversar con su abuela muerta, volar sobre la casa de la infancia o llegar inexplicablemente tarde a un examen que nunca presentó— también recibe ahora anuncios publicitarios. 

Primero comercializamos la tierra. Luego el trabajo. Después la atención. Luego los datos. Finalmente, el inconsciente, los sueños. 

No deja de haber algo profundamente carpenteriano en semejante prodigio: lo maravilloso ya no consiste en que un hombre aparezca simultáneamente en millones de sueños. Lo verdaderamente maravilloso es que, frente a semejante milagro, alguien pregunte: ¿cómo lo monetizamos? 

Dream Scenario investiga la estrecha relación entre sueños y cine | GQ España

La tragedia de querer ser visto 

Y, sin embargo, debajo de toda esta maquinaria hay una historia mucho más antigua. Paul quería ser visto. Eso era todo. Creía que la vida le debía reconocimiento. Un libro nunca empezado. Prestigio académico. Una audiencia. Y finalmente obtiene una audiencia formada por millones de personas. Pero en el proceso pierde aquello que nunca había aprendido a mirar. 

Su casa. Sus hijas. Su mujer. Su familia. Su pequeño lugar en el mundo. Entonces ocurre una de esas revelaciones que solamente llegan cuando ya es demasiado tarde. 

Paul comprende que había confundido dos deseos completamente diferentes: ser visto por todos y ser visto por alguien. Durante toda la película quiere entrar en la mirada del mundo. Al final solamente quiere entrar en el sueño de una mujer. 

Y cuando finalmente consigue hacerlo ya no necesita fama, entrevistas ni millones de desconocidos pronunciando su nombre. Solo quiere que Janet lo vea. Quizás ahí esté la verdadera tragedia de Paul Matthews. Y quizás también la nuestra. 

Vivimos en una civilización que ha construido las máquinas más poderosas de la historia para conseguir que millones de desconocidos puedan mirarnos durante algunos segundos, mientras vamos perdiendo, distraídamente, la capacidad de mirar durante horas a quienes tenemos enfrente. 

Publicamos para existir. Fotografiamos para recordar. Opinamos para pertenecer. Nos indignamos para ser reconocidos. Y vamos dejando por el camino pequeñas versiones digitales de nosotros mismos que comienzan a circular sin pedirnos permiso. Tal vez algún día una de ellas diga algo que nunca dijimos. Tal vez haga algo que nunca hicimos. Tal vez sea amada. Tal vez sea odiada. 

Y nosotros, sentados frente a una pantalla, tendremos que contemplar la extraña aventura de un personaje que lleva nuestro rostro y nuestro nombre, pero cuya historia escriben otros. Entonces comprenderemos a Paul Matthews. 

Comprenderemos que el gran peligro de convertirnos en imagen no consiste solamente en que los demás puedan olvidarnos. Es algo bastante más inquietante: que nuestra imagen continúe viviendo cuando nosotros ya no podamos gobernarla. 

Y acaso entonces descubramos, demasiado tarde, que nunca necesitamos que todo el mundo soñara con nosotros.  

Nos bastaba con no despertar solos. 

Ulises Guevara 

La Chispa 

Ulises Guevara - Columnista
Columnista de La Chispa.
Escribe sobre poder, hegemonía, disputa política y procesos de transformación en Colombia y América Latina.

 

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