Simón Palacio _ El presidente Gustavo Petro rompió su silencio. Y lo hizo con la contundencia de quien sabe que se juega la vida, no solo un cargo. “Ayer fui atacado personalmente por el candidato Abelardo y debo defenderme”, arrancó. No pidió disculpas. No midió sus palabras. Fue al frente: “No he robado un solo peso del erario ni cometido ningún delito. Se me promete la cárcel solo por mi posición política progresista en favor del pueblo”. La denuncia no es menor. Es la confesión del libreto que la derecha ensaya en voz baja: destruir al líder del cambio por la vía judicial, como ya lo intentaron con Lula, con Correa, con Cristina. Pero Petro no se arrodilla.
El presidente fue más allá. Desnudó el verdadero rostro del proyecto que se esconde detrás de Abelardo de la Espriella. “El proyecto detrás de Abelardo es el mismo que estuvo detrás de Uribe que ya lo apoya: el fascismo mafioso que ya ha gobernado en Colombia”. No es una metáfora. Es un señalamiento directo a la alianza entre narcotraficantes indultados, paramilitares reciclados y políticos que convirtieron el Estado en una trinchera de muerte. “Todo pueblo tiene la obligación moral ante la humanidad de derrotar el fascismo”, sentenció Petro. Y no hablaba de fantasmas del pasado: recordó los holocaustos que el fascismo dejó en Europa, en Chile, en Argentina… y en Colombia. “Fue el fascismo el que gobernó a Colombia en la época de Laureano y Ospina, y luego con la gobernanza de los paramilitares que dejaron 200.000 muertos”.
Frente a esa amenaza, Petro no se guardó nada. Contrastó sus orígenes con los de su adversario: “Abelardo nació en Córdoba y yo también. Es de familia terrateniente y defensor del paramilitarismo y yo soy hijo de campesinos”. Y los números, dijo, no mienten: “Fue derrotado estruendosamente en el pueblo donde nació: Sahagún. Y fue derrotado estruendosamente en toda Córdoba, su departamento: 360.000 votos contra 260.000”. ¿La razón? “Porque en su pueblo lo conocen y saben lo que pasaría si un fascista defensor del paramilitarismo llega al poder”.
El llamado de Petro fue a la movilización masiva. No se trata de defender un gobierno, sino de defender la vida propia. “A toda la juventud de Colombia les digo que junto al progresismo será la juventud y la gente de los campos y el liderazgo popular los que serán enfrentados con violencia”. Advirtió que los “ajúas” y los Vargas están listos para deshonrar el uniforme, para volver a las épocas de los falsos positivos y la represión. “No seamos tontos, no necesitamos extranjeros que no viven en el país sino en Miami e Italia y no piensan sino en venganza como los ‘squifos’ italianos”. La referencia es directa a los asesores internacionales que pululan en la campaña de la derecha.
El presidente cerró con un mandato casi bíblico: “Colombia es el corazón del mundo y el país de la belleza y debe ser el faro brillante de la esperanza del mundo”. Negó que haya vendido los avances sociales por “150.000 pesos” y llamó a no entregarlos “por un plato de lentejas”. Anunció que tomará “sus propias decisiones” y se pondrá al frente de la batalla. “Vamos a ganar y derrotar al fascismo”, sentenció. La frase final resume el espíritu de su mensaje: “Aquí no se rinde nadie, aquí vamos a ganar y yo mismo me pondré al frente”.




