martes, abril 7, 2026
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    La política desde el afecto, coherencia y convicción

    Por: Orlando De La Hoz García

    Llego al Senado con la memoria de mis abuelos y la historia de mis padres. Ellos me enseñaron que la política no es un título ni un privilegio, sino una forma de entregar la vida; una herramienta para servir y transformar, jamás para el enriquecimiento personal o el beneficio propio. Este resultado no me pertenece a mí solo; es un tributo a las y los revolucionarios que dejaron su amor y su corazón por una sociedad en paz, con justicia y equidad. Por respeto a esa memoria, mi compromiso es mantener la sensatez y la cabeza bien puesta. El camino que nos toca es largo y exige estar donde siempre hemos estado: en el barrio, en la vereda y en la universidad, junto a quienes creen en la senda que hoy trazan Gustavo Petro e Iván Cepeda.

    En este recorrido he aprendido que el poder no cambia a las personas, simplemente les quita la máscara y revela quiénes son de verdad. Por eso, a quienes hicieron del prejuicio su medida y de la subestimación su lenguaje; a quienes intentaron ponerle techo a mis sueños o me trataron con esa condescendencia de quien confunde la juventud con la inexperiencia, hoy les hablo con la tranquilidad de la constancia. No nos levantamos sobre ningún púlpito de superioridad, ni intelectual ni moral, porque la soberbia es el primer paso hacia el olvido. A quienes me dijeron «no sueñe» o quisieron limitar mi aspiración como si el servicio al país tuviera dueños o paredes de cristal, les doy las gracias: su escepticismo fue el motor que me templó el carácter y me confirmó que la dignidad es el único camino posible.

    Llego al Congreso con esa cadena de afectos que aprendí desde niño; no es retórica de dientes para afuera, es mi práctica de todos los días. Para mí, como decía Jaime Bateman, la revolución es una fiesta, y el «amor eficaz» de Camilo Torres es un estilo de vida, no una frase suelta para discursos. Me guía el ejemplo de hombres como Alfonso Jacquin; a quien no conocí, pero de quien mi viejo me contaba con admiración, recordándome que la entrega por el país se hace con el corazón por delante. La política, más allá de las estrategias frías o las conspiraciones de pasillo, es un encuentro entre seres humanos que sienten. Ser una buena persona es un imperativo si de verdad queremos construir una nueva sociedad. Este cambio es colectivo; necesita liderazgo técnico, estudio y argumentos, pero sobre todo necesita pueblo, alegría y movilización.

    Como bien dice Iván Cepeda: somos del pueblo, vamos a los espacios de gobierno y volveremos siempre al pueblo a rendir cuentas y a trabajar de la mano. No asumimos que nos las sabemos todas; es la sabiduría popular la que marca el rumbo. Elegir este proyecto es elegir la vida y ponerla por encima de la codicia, la exclusión y el racismo. Hoy, con la frente en alto y el corazón sereno, empezamos esta tarea convencidos de que la dignidad no es un destino, sino nuestra forma de caminar.

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