miércoles, marzo 25, 2026
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    La física de una derrota anunciada del progresismo en la Circunscripción Internacional

    Cuando los polvorines le regalan la victoria al enemigo

    Por Ulises Guevara

    A veces la derecha no necesita vencer.

    Basta con que la izquierda se dedique a despedazarse.

    El resto lo hace la gravedad.


    La política, como la física, tiene sus leyes. Algunas fuerzas atraen. Otras dispersan. Las primeras construyen poder. Las segundas construyen derrotas. Hace unas semanas escribí que la política del cambio necesitaba gravedad: esa fuerza silenciosa que junta cuerpos, ordena órbitas y hace posible que un proyecto histórico no se disuelva en el vacío.

    Pero también advertí sobre la pólvora y los dinamiteros. La pólvora es ruidosa. La pólvora entusiasma. La pólvora estalla. Y después del estallido, lo único que queda es humo. Las elecciones de la circunscripción internacional nos dejaron una lección que debería incomodar a más de uno. Los números son tercos:

    El Centro Democrático obtuvo 58.814 votos.
    El Pacto Histórico alcanzó 50.142.
    El Frente Amplio sumó 7.692.

    Si uno suma el campo progresista de la diáspora, el resultado es casi simétrico al de la derecha. Pero el progresismo no llegó a la elección como un campo gravitacional. Llegó como una nube de pólvora. Fragmentado. Disperso. En guerra consigo mismo. Mientras un sector se dedicaba a construir campaña, otro se dedicaba a construir enemigos y relatos de combate. Y el enemigo terminó siendo el mismo campo progresista.

    Durante meses se repitió la misma cantinela: que la actual representante de los colombianos en el exterior, Karmen Ramírez no tenía votos, que estaba derrotada, que era el pasado. La realidad electoral fue menos poética y más brutal.

    Con 14.348 votos, Karmen Ramírez fue la candidata más votada del progresismo en el exterior. No lo dicen las columnas. No lo dicen los trinos. Ella sola dobló la votación de todo el frente amplio. Lo dicen las urnas.

    Las mismas urnas que muchos dijeron defender mientras hacían campaña para destruir al único liderazgo que realmente tenía gravedad en ese campo político. La paradoja es trágica. La campaña que prometía renovar el progresismo terminó haciendo algo mucho más eficaz: dividirlo y garantizar su derrota. 

    El resultado fue una obra maestra de física política. La derecha no tuvo que hacer demasiado. Bastó con que el progresismo se atacara a sí mismo. La pólvora hizo el resto. Mientras los ataques corrían como pólvora seca por redes sociales y canales de YouTube, el voto progresista se fragmentaba en múltiples direcciones.

    No era una competencia contra la derecha. Era una competencia dentro del mismo campo político progresista, pero con un estilo bien parecido al de la derecha. Y en esa competencia, cada explosión restaba gravedad. El resultado final no fue simplemente una derrota electoral. Fue una demostración de cómo funciona la dispersión política.

    Cuando las fuerzas centrífugas dominan, el sistema se desarma. Los fragmentos salen disparados en todas direcciones. Y en el centro queda el vacío. Ese vacío fue ocupado, una vez más, por la derecha. 

    Después de la elección han empezado las recriminaciones. Los señalamientos de traiciones dentro de la misma lista del Frente Amplio, que se presentó tan unitaria durante la campaña, pero cuya única unidad real fue el fuego concentrado contra Karmen Ramírez. A una semana de las elecciones empezaron las acusaciones, entre sus propios contendores, los videos de denuncia. Como un uroboros que se come a si mismo.

    Pero la física, como la política, no funciona con excusas. Funciona con fuerzas. Y la verdad incómoda es esta: la campaña de división dentro del progresismo no debilitó a Karmen Ramírez. Debilitó al campo progresista. Porque mientras unos celebraban la derrota de su propia compañera de campo político, la curul cambiaba de manos.

    Y la pólvora de nuevo dejó constancia que solo sirve para hacer ruido, pero no para ganar guerras. Tal vez la lección más importante de esta elección no esté en quién ganó. Sino en quién fue capaz de concentrar gravedad. Porque entre todas las candidaturas progresistas, solo una fue capaz, evidentemente, de reunir más votos que las demás. Solo una y las urnas ya dijeron cuál.

    La pregunta ahora es si el progresismo migrante está dispuesto a escucharlas. O si prefiere seguir celebrando explosiones y aupando a los dinamiteros.

    Ulises Guevara - Columnista
    Columnista de La Chispa.
    Escribe sobre poder, hegemonía, disputa política y procesos de transformación en Colombia y América Latina.

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