lunes, mayo 4, 2026
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    La nación en disputa: ¿Dignidad o restauración del despojo?

    Por: Orlando De La Hoz
    Senador electo Pacto Histórico

    La historia de Colombia es la crónica de una transición saboteada. Desde 1886, el país operó bajo una “República de los Apellidos” donde el linaje prevaleció sobre la ciudadanía. Fue una ingeniería de la exclusión que convirtió la asfixia democrática en el combustible de nuestra violencia. Al llegar el siglo XXI, esa oligarquía solo se mimetizó: el neoliberalismo permitió canjear derechos por activos, mientras el narcotráfico y el paramilitarismo se fundían con el Estado. Bajo el uribismo, el miedo fue el pegamento de un régimen que permitió la filtración mafiosa en el poder. Escándalos como Agro Ingreso Seguro revelaron un Estado diseñado para subsidiar a los poderosos, mientras linajes como el de Paloma Valencia orbitaban la Casa de Nariño como si fuera una herencia familiar, dejando al campesinado en la marginalidad.

    En este quiebre, la irrupción de Gustavo Petro es una anomalía necesaria. Como estadista, leyó el subsuelo de la nación para proponer el tránsito hacia una Potencia Mundial de la Vida. Sus avances son hitos: dignidad laboral, educación pública y una política agraria que reconoce al campesino. Además, Petro ha desnudado la realidad del conflicto al develar que las mal llamadas disidencias de las Farc y el ELN son solo insignias oxidadas, estructuras narcoterroristas de la peor calaña que traicionaron cualquier ideal revolucionario.

    Sin embargo, este proyecto aún no se ha posesionado del todo. Choca contra la talanquera sistemática de los partidos tradicionales, la derecha y una alianza de gremios y ultrariqueza que, con sus aparatos mediáticos, asfixian las reformas en el Congreso. Por ello, el peligro de una retoma del poder por la reacción no es solo un retroceso, es la amenaza real de regresar a la economía del despojo y al uso del erario como caja menor de las élites.
    Para impedir este retorno, la trayectoria de Iván Cepeda surge como la garantía de continuidad. Su reto será materializar las reformas aplazadas por el sabotaje del establecimiento y edificar un nuevo sistema político que arranque de raíz la compra de votos, ese oxígeno del gamonalismo, y ejecute una limpieza quirúrgica de la corrupción.

    La apuesta es definitiva: o consolidamos esta transformación con la lucidez de Cepeda para que la dignidad se posesione en el territorio, o permitimos que las castas retomen el control para cobrar venganza. Colombia debe decidir si es una república donde el poder emane del trabajo, o vuelve a ser la hacienda privada de quienes siempre nos creyeron sus siervos. La complacencia terminó.

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