María Paz_ La más reciente encuesta Invamer, contratada por Noticias Caracol y Blu Radio, dejó sobre la mesa un número que debería incomodar a quienes insisten en que «nada ha pasado» en estos tres años de gobierno de Gustavo Petro. Cuando se preguntó a los colombianos sobre los más de tres años de mandato, el 59,4% reconoció que sí ha habido transformaciones: un 26% afirma que se han hecho «cambios positivos profundos», mientras un 33,4% considera que «se han hecho algunos cambios, pero no los suficientes». Solo el 35,5% cree que no ha habido ningún cambio positivo. La gente ve movimiento, ve intención, ve esfuerzo. Pero también entiende algo fundamental: a más derechos, más resistencia de quienes siempre han mandado.
Detrás de ese 59,4% hay una conciencia popular que no aparece en los titulares de los grandes medios. La gente sabe que ampliar derechos laborales, dignificar las pensiones, proteger al campesino del despojo y evitar que la salud siga siendo un negocio no es tarea fácil. Sabe que cada vez que se habla de que la salud deje de ser mercancía, los mismos grupos económicos que convirtieron las EPS en caja menor para cualquier cosa menos para atender pacientes, ponen el grito en el cielo. Sabe que cuando se habla de reforma agraria, los terratenientes con apellido y los herederos del despojo vuelven a armar el cuento de que «esto es Venezuela». La gente entiende que los derechos no se regalan: se conquistan contra quienes durante décadas se acostumbraron a gobernar para unos pocos.
Y también sabe que esos cambios, aunque insuficientes todavía, ya le llegan. El 43,2% de los encuestados afirma que Petro ha realizado aportes positivos a su municipio o departamento. Y casi tres de cada diez colombianos (28,7%) dice haber recibido un beneficio directo del gobierno. Eso significa que millones de personas en este país pueden ponerle nombre y cara a la palabra «cambio». Son los jóvenes que hoy estudian en universidades públicas que antes eran invisibles en sus territorios. Son las madres que reciben transferencias, los campesinos que acceden a tierras, los adultos mayores que por fin tienen con qué sobrevivir. El gobierno no es una abstracción para ellos: es la ayuda que llegó, así sea con menos plata de la que se necesita porque la crisis fiscal aprieta y los grandes empresarios se resisten a pagar impuestos justos.
Porque ese es el otro dato que la gente tiene claro: el país no tiene plata suficiente porque quienes más tienen, no pagan lo que deben. Mientras las reformas tributarias del gobierno encuentran resistencia en los gremios y en los medios que les prestan sus micrófonos, el déficit fiscal se usa como excusa para frenar derechos. Pero la gente ya no se traga ese cuento. Sabe que si las universidades públicas están llegando a las regiones es a pesar de la crisis, no gracias a ella. Sabe que si el campesino hoy tiene más herramientas para defender su tierra es porque hay un gobierno que le cree, no porque los poderosos hayan cedido voluntariamente.
Y en medio de tanta resistencia, hay algo que la encuesta también revela y que debería alegrar: las instituciones más queridas por los colombianos son las que están cerca de la gente y la protegen. Las Fuerzas Militares (79,1%), la Iglesia Católica (68,9%), la Registraduría (67,9%) y la Policía (67,5%) encabezan la lista de favorabilidad. Son instituciones imperfectas, cuestionadas, pero la gente las siente suyas. Las ve como escudo en medio de la tormenta. Mientras tanto, las instituciones que han sido cómplices del despojo o del bloqueo a los derechos —el Congreso (33,9%), el sistema judicial (31,4%), los partidos políticos (24,8%)— se hunden en el desprestigio. La gente no es tonta: sabe quién la protege y quién la traiciona.
Lo que revela la encuesta, en el fondo, es que Colombia no es un país que haya cerrado los ojos. La gente ve, reconoce y valora. Sabe que los cambios encuentran resistencia, pero también sabe que esos cambios ya le llegan, aunque sea gota a gota. Y mientras tanto, entre el miedo al futuro (62,6%) y la esperanza de que otro país es posible, los colombianos siguen caminando. Con las instituciones que los protegen como escudo, con los derechos conquistados como bandera y con la certeza de que, aunque falta mucho, ya nada será como antes.




