Home Opinión Columnas de Opinión Mercaderes en el altar: la impostura que capturó el poder

Mercaderes en el altar: la impostura que capturó el poder

0

Por Orlando De La Hoz : Docente universitario / Senador de la República

En el Evangelio de Mateo (25:35), el mensaje cristiano fija un parámetro ético ineludible: la prueba definitiva de la fe consiste en haber dado de comer al hambriento, de beber al sediento y refugio al forastero. Es una causa histórica a la que miles de pastores serios y respetuosos de la fe —aquellos que se niegan a someter el púlpito a caudillismos y se mantienen al margen de la manipulación electoral— han contribuido decididamente en Colombia mediante una valiosa labor social en las comunidades. Denunciar la profanación del templo no es un ataque a la iglesia evangélica ni a sus feligreses; al contrario, es una defensa de su integridad frente a las cúpulas corporativas que convirtieron el santuario en mercado. Esta desfiguración irrumpió en la posguerra y la Guerra Fría con el fin explícito de desplazar a la Teología de la Liberación. Bajo la lógica de agitar el fantasma del comunismo, ideólogos conservadores como Paul Weyrich e impulsores de la era de Ronald Reagan formalizaron en el Documento de Santa Fe I una estrategia geopolítica apoyada en teleevangelistas como Jerry Falwell o Pat Robertson y precursores como Kenneth Hagin. Esta alianza sustituyó la opción por los pobres por el lucrativo «Evangelio de la Prosperidad», transformando la fe comunitaria en una franquicia donde la riqueza figura como bendición divina y la pobreza como culpa individual.

El laboratorio de esta teocracia de mercado se perfeccionó en Brasil y quedó retratado por Petra Costa en Apocalipsis en los trópicos, al mostrar cómo poderosas estructuras religiosas articularon la «Bancada Evangélica» para catapultar al poder a Jair y Eduardo Bolsonaro bajo la consigna «Brasil por encima de todo, Dios por encima de todos». Esta misma receta de mercaderes desembarcó en Colombia mediante plataformas como la Misión Carismática Internacional de la familia Castellanos o los sermones politizados del predicador Miguel Arrázola, sumando con el tiempo el músculo de congregaciones masivas como el Centro Misionero Bethesda del apóstol Enrique Gómez, la Iglesia Manantial de Vida Eterna orientada por Eduardo Cañas e influenciadores confesionales como Oswaldo Ortiz. Todo un entramado que sirvió de rampa electoral para el perfil confesional de Jaime Andrés Beltrán y el activismo de Carlos Alonso Lucio, hasta desembocar en la presidencia de Abelardo de la Espriella. Encarnación del calculador dispuesto a impostar cualquier papel con tal de manipular y conquistar el poder, De la Espriella convirtió la liturgia en botín: bautizó su propia estrategia de transición institucional como «El Arca de Noé», apelando al misticismo religioso para dotar de un aura de salvación a su equipo, mientras desplegaba una retórica brutal de carnicería política orientada a destripar al adversario institucional, al mejor estilo de Javier Milei o Bolsonaro. Esta impostura llega al extremo al cerrar sus discursos al grito de «¡Viva Cristo Rey!», imitando el ropaje falangista del dictador Francisco Franco y el fanatismo dogmático de sus referentes históricos, Laureano Gómez y Gilberto Álzate Avendaño.

Esta convergencia autoritaria encuentra su combustible en teorías como la Dark Enlightenment (Ilustración Oscura) promovida por Nick Land y respaldada geopolíticamente por liderazgos como los de Donald Trump o Benjamin Netanyahu, apoyándose en la ingeniería de desinformación orquestada por estrategas como Fernando Cerimedo, capturado en Bolivia. Para sofocar el debate democrático, los verdaderos hacedores de esta impostura desplegaron un entramado invisible de granjas de bots y «bodegas» de difamación diseñadas para asfixiar el pluralismo y demoler cualquier alternativa progresista. No buscan convencer con razones; su objetivo es clausurar la diversidad de pensamiento mediante el linchamiento digital a líderes sociales y la caricaturización de los derechos sociales, logrando que el pánico sea la emoción determinante y la intolerancia la única norma.

En este ecosistema donde el altar sirve de fachada y las redes de garrote, la democracia entra en fase agónica: la deliberación pública sucumbe ante la billetera de capitales que compran la amplificación de fobias. La opinión pública termina moldeada por el culto a las armas, la estética bélica y la paranoia continua, bajo la falsa premisa de que habitamos un caos invivible que solo se resuelve con puño de hierro y el desmantelamiento del Estado. Es la trampa perfecta para naturalizar la idea de que las élites económicas y los dueños de los grandes templos están predestinadas a gobernar, convirtiendo el voto en una ilusión teledirigida por algoritmos e intereses financieros.

La lección que deja esta arremetida es contundente sobre la naturaleza de quien hoy gobierna: quien escala al poder valiéndose del engaño, la instrumentalización de los púlpitos y la difamación en redes no ostenta un mandato legítimo, sino el control de una farsa. Expulsar a los mercaderes del altar reivindica la dignidad de la pastoral ética que respeta la conciencia de su rebaño y rehúsa convertirse en mercancía de campaña. Cuando el templo se vuelve corporación, la granja de bots doctrina y la cruz un garrote electoral, los sacrificados vuelven a ser los mismos desamparados que el nazareno mandó a proteger. Una política que necesita de la trampa y del tráfico de milagros para imponerse no es un mandato divino, sino la simple tiranía de quienes profanan la fe para salvar privilegios ajenos y acabar la democracia.

NO COMMENTS

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here

Salir de la versión móvil