Por: Orlando De La Hoz – Senador de la República
Mientras Colombia entera, con el nudo en la garganta y la mirada puesta en la emergencia, volcaba su solidaridad hacia las víctimas del voraz terremoto que estremeció al Chocó, Risaralda, Caldas, Quindío y Valle del Cauca, la Casa de Nariño se dedicaba a lo suyo: hacer la guerra bajo la mesa. La tragedia natural concentraba la atención nacional en el rescate entre las ruinas; el presidente Abelardo de la Espriella y su ejecutivo, en cambio, aprovechaban el estruendo telúrico para tramitar su agenda militar sin levantar sospechas.
Allí, entre la conmoción colectiva, emergió la jugada astuta de su administración: el Decreto 1171 de 2026. Con la coartada de atender la emergencia sísmica, la pluma presidencial metió en la misma bolsa a territorios tan ajenos al epicentro del desastre como el Putumayo y Norte de Santander. Una maniobra descarada propia de bellacos para camuflar el verdadero plato fuerte: mancillar la soberanía nacional al autorizar operaciones militares conjuntas con ejércitos extranjeros, saltándose de manera arbitraria el mandato constitucional que exige la autorización previa e infranqueable del Congreso para el paso o despliegue de tropas externas en nuestro territorio.
La escena roza el absurdo. Resulta que en el municipio de Ábrego y en la sufrida región del Catatumbo, la tierra no tiembla por fallas geológicas, sino por el retumbar de los bombardeos. Mientras los socorristas remueven escombros en los departamentos afectados, en el nororiente la población civil debe esquivar explosivos bajo un clima de guerra artificialmente escalado. Pretender que la respuesta de este gobierno a un terremoto sea ver sobrevolar cazas de Estados Unidos e Israel en misiones combinadas con nuestro Ejército no solo viola la Carta Magna, sino que constituye un abierto desprecio a las instituciones democráticas del país.
Gobernar amparados por el polvo de los escombros para imponer agendas bélicas es un cálculo vil que hoy se viste de decreto formal. Mientras los ciudadanos clamaban por palas, frazadas y auxilios de rescate, la urgencia de Abelardo de la Espriella era saltarse al Congreso y abrirle las puertas del país al estruendo extranjero. No hay sutileza en la maniobra: usaron el luto nacional como mampara para entregar la soberanía, demostrando que para esta administración las tragedias del pueblo no son prioridades humanitarias, sino el camuflaje perfecto para hacer la guerra.
