Por : Orlando De La Hoz. Senador electo del Pacto Histórico
La historia de la derecha en Colombia no es un relato de eventos aislados, sino un hilo de sangre y exclusión que amarra el pensamiento reaccionario europeo al control territorial del latifundio. Desde el siglo XIX, el país se configuró como una República Señorial, un feudo donde la democracia solo era tolerable si no perturbaba la jerarquía de las castas. Este proyecto encontró su primera gran arquitectura en Laureano Gómez, quien con un desprecio frontal por el sufragio universal importó el nacional-catolicismo y el falangismo para extirpar de raíz el «enemigo comunista». A su lado, la mística del choque de Gilberto Alzate Avendaño dotó a las élites de una justificación estética para la violencia, convenciéndolas de que el garrote era el único lenguaje para contener el avance popular.
Con el paso del siglo XX, ese autoritarismo se camufló de civilismo mediante la Doctrina de la Seguridad Nacional. Colombia no necesitó los tanques de una dictadura militar al estilo del Cono Sur porque las élites perfeccionaron un Estado de Sitio permanente, persiguiendo al pensamiento progresista bajo el amparo de la ley. En esa penumbra nació la alianza más oscura de nuestra historia: la convergencia de la política tradicional con el paramilitarismo. Mientras el fascismo europeo desfilaba con camisas negras, la derecha colombiana subcontrató el exterminio a estructuras paraestatales, ejecutando una limpieza política que dejó como cicatriz eterna el genocidio de la Unión Patriótica.
En el pasado reciente, este proyecto de odio alcanzó su clímax de represión bajo el gobierno de Iván Duque. Colombia no puede permitirse el lujo del olvido: durante el estallido social de 2021, la orden no fue el diálogo, sino el aplastamiento. La herencia de Duque es una tragedia humanitaria grabada en el rostro de una generación de jóvenes con los ojos mutilados por el ESMAD. Esa política de cegar a la juventud fue un mensaje de terror calculado; una advertencia de que el Estado estaba dispuesto a eliminar la protesta disparando directamente a la mirada de quienes exigían futuro.
Hoy, esa misma derecha juega una doble partida, una pinza perversa donde dos caballos tiran de un mismo carruaje reaccionario que pretende devolvernos al pasado. Por un lado, Paloma Valencia encarna la oligarquía más rancia y hereditaria, la voz del apellido que defiende privilegios de casta desde el Congreso. Por el otro, Abelardo de la Espriella representa la estética de la mafia, el show y la ostentación vulgar; es la prepotencia puesta al servicio de la impunidad. Sin embargo, los demócratas de este país ya avanzamos y no permitiremos que la nación retroceda. Con la llegada del primer gobierno progresista de Gustavo Petro, Colombia rompió las cadenas de esa «finca» privada; el cambio ya camina y la memoria de los ojos que ellos intentaron apagar hoy ilumina una democracia que no tiene tiquete de regreso.
