Home Análisis Ilva Myriam Hoyos nueva ministra de Educación

Ilva Myriam Hoyos nueva ministra de Educación

0

La Chispa El relevo en el Ministerio de Educación no es un simple cambio de funcionaria. Es el regreso de un poder eclesial que durante más de un siglo sometió la educación al dogma, eliminó la conciencia crítica y sepultó el análisis científico. La disputa entre iglesias por el control del gabinete revela el rostro de un fascismo estructural que quiere moldear a la sociedad desde su base. Frente a esto, no cabe la neutralidad: hay que resistir con todas las fuerzas.

Ilva Myriam Hoyos nueva jefe del Ministerio de Educación es vocera política de la Iglesia católica que vuelve a tomar las riendas de la educación en Colombia. No es un relevo cualquiera. Es el retorno de un poder que durante más de un siglo regimentó las conciencias, recortó derechos humanos, eliminó la conciencia crítica y sepultó el análisis científico de la realidad. Es el regreso del oscurantismo.

Que la Iglesia católica vuelva a tener peso en la definición de la política educativa no es un accidente. Es el resultado de un reacomodo en el gabinete de De la Espriella donde la rama cristiana cede su espacio a la jerarquía católica. La educación pública, que debiera ser un derecho fundamental y un bastión de la laicidad, vuelve a ser un botín en disputa entre confesiones religiosas. Y mientras ellas se turnan el control, la política privatizadora sigue su curso sin que nadie la detenga.

Un siglo y más de regimiento católico

No es historia menor. Durante décadas, la educación en Colombia fue un instrumento de control ideológico. La Iglesia católica, aliada del Estado confesional, impuso una formación que priorizaba el dogma por encima de la razón, la sumisión por encima de la libertad, la moral religiosa por encima de los derechos humanos. Esa educación oscurantista no formaba ciudadanos críticos: formaba súbditos. Y ahora, con Hoyos al frente, ese modelo amenaza con regresar.

Su hoja de vida no engaña. Es ultra católica, con alta influencia en la Conferencia Episcopal, y ha dedicado su producción intelectual a defender el derecho «natural», la familia tradicional y la libertad religiosa por encima de cualquier otro derecho. Desde la Procuraduría se opuso a la «ideología de género» y ha sido una voz fuerte contra el aborto y la educación sexual. Su llegada no es técnica: es ideológica. Y su agenda es clara: orientar la educación según los dictados de la doctrina católica.

El fascismo estructural se cuela por las aulas

La disputa entre iglesias por el control del Ministerio de Educación no es un mero juego de poder. Es la muestra de lo que un fascismo estructural quiere cambiar la sociedad desde su base. Porque no se trata solo de quién ocupa el cargo, sino de qué concepción de la educación se impone: si una que forme ciudadanos libres, críticos y democráticos, o una que forme creyentes dóciles, sumisos y obedientes a una moral religiosa.

Quienes defienden meter la religión en las aulas argumentan que se trata de «formación en valores». Pero la historia ya nos enseñó lo que eso significa: adoctrinamiento, exclusión y castigo para quienes piensan distinto. La educación católica no ha sido jamás sinónimo de libertad de pensamiento. Ha sido sinónimo de control, de censura y de negación de la diversidad.

No cabe la neutralidad

Frente a este retroceso, no cabe la neutralidad. No se puede guardar silencio mientras la educación pública se convierte en un instrumento de adoctrinamiento. La bancada del Pacto Histórico en el Senado ha sido clara: enfrentará cualquier política que pretenda entregar la educación a intereses privados, precarizar la labor docente o hacer retroceder derechos conquistados por décadas de lucha.

Pero no basta con el control político. Se necesita movilización. Se necesita que los sindicatos docentes, las organizaciones sociales y la ciudadanía en su conjunto digan basta. La educación laica, pluralista y democrática no es un lujo: es un derecho. Y ese derecho no se negocia.

Ilva Myriam Hoyos y la Iglesia católica entran por la puerta del Ministerio de Educación, pero encuentran enfrente a un pueblo que no está dispuesto a que sus hijos e hijas sean formados bajo el dogma de una iglesia. La batalla por la educación apenas comienza, y será larga. Pero es una batalla que hay que ganar, porque en ella está en juego el futuro de la sociedad que queremos construir: una sociedad libre, crítica y democrática, o una sociedad sumisa, oscurantista y confesional. ★

NO COMMENTS

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here

Salir de la versión móvil