Hernán Camacho_ Mientras Estados Unidos e Israel bombardean Irán, una de las rutas marítimas más vitales del planeta comienza a estrangularse. El tránsito por el estrecho de Ormuz —por donde pasa cerca del 30% del petróleo mundial, unos 21 millones de barriles diarios— se ha desplomado casi un 70% desde el 28 de febrero, según MarineTraffic. Buques realizando giros en U, ralentizaciones y desvíos de última hora son la nueva postal de una región en llamas. Irán ya anunció el cierre estratégico del paso en respuesta a la agresión, luego de que el vicecanciller Kazem Gharibabadi denunciara que «Estados Unidos ha traicionado la diplomacia» por segunda vez, dinamitando cualquier posibilidad de diálogo.
La comunidad internacional observa con creciente preocupación. China exigió el cese inmediato de las acciones militares y el respeto a la soberanía iraní, mientras Rusia convocó a su Consejo de Seguridad y calificó el ataque como «un acto de agresión planificado». Mientras el mundo clama por paz, las potencias occidentales profundizan una escalada cuyas ondas expansivas ya golpean economías dependientes como la nuestra. Analistas advierten que una alteración prolongada en Ormuz presionará al alza los precios globales del petróleo, impactando directamente el costo de vida en países que, como Colombia, importan combustibles y dependen de un mercado energético estable.
En medio de esta tormenta internacional, el gobierno colombiano había logrado un respiro para el bolsillo de los ciudadanos: una reducción de $500 en el precio de la gasolina a partir del 1 de marzo, la segunda baja consecutiva en lo que va del año. Con esta disminución, el precio promedio del galón quedó en $15.057, acumulando un alivio de $1.000 en dos meses. La medida fue posible gracias al saneamiento del Fondo de Estabilización de Precios de los Combustibles (FEPC), que entre 2022 y 2025 pagó $72,8 billones para cubrir el déficit acumulado por el congelamiento de precios durante el gobierno anterior.
La paradoja es brutal: mientras el gobierno colombiano lograba estabilizar las cuentas internas y devolverle algo de aire a la gente, el imperio enciende una guerra que amenaza con revertir ese alivio. Los efectos de la crisis en Ormuz ya se sienten en la logística global del petróleo, y cualquier nueva escalada terminará traduciéndose en un golpe directo al bolsillo de los colombianos. Una vez más, pagamos los platos rotos de aventuras militares que no elegimos.
