Por: LaCHISPA
Iván Cepeda no se presentó a la entrevista con el periodista Daniel Coronel a mostrar una versión moderada de sí mismo, el pasado domingo por el canal de Yutube del periodista. La entrevista duro un poco mas de una hora y deja absolutamente claro quién está compitiendo realmente contra él.
Y el nombre no es Paloma Valencia ni Abelardo de la Espriella. Es Álvaro Uribe Vélez. Esa es la primera gran clave que dejó el candidato del Pacto Histórico en su conversación con el periodista: su adversario real no es la candidata que se autodenomina de “derecha pura” ni el aspirante que promete “estripar la izquierda”. Su rival es el expresidente que durante décadas ha construido una forma de hacer política basada en la estigmatización, las maniobras judiciales y la defensa de intereses enquistados. Uribe es el que mueve los hilos, el que orquesta las campañas sucias, el que sigue intentando deslegitimar a sus contradictores con mentiras que ya nadie se cree.
Por eso Cepeda fue contundente sobre el crimen de Miguel Uribe Turbay. Lo calificó como un asesinato execrable que debe castigarse con toda severidad. Pero también dejó en claro que intentar vincularlo a él o al presidente Petro es “una infamia electoral”. Y lanzó una frase que resume lo que muchos piensan: “Toda esa manada de mentiras es la manera más grande de hacerle campaña a la izquierda, porque ya nadie les cree”. Esa es la paradoja del uribismo: se desgasta en fabricar falsedades mientras sus propios candidatos, Paloma y Abelardo, esperan el desenlace de esta pelea para acomodarse a lo que decida el jefe natural. Porque, como dijo Cepeda, ellos no tienen línea propia: un día son extrema derecha, al otro se convierten en centro por arte de magia, solo por conveniencia política.
La entrevista también sirvió para desmontar el principal miedo que la derecha intenta instalar: el de “convertirnos en Venezuela”. Cepeda fue claro: no hubo expropiaciones ni colapso económico. Lo que hubo fue reforma agraria para devolverle la tierra al campesino, cambios sociales profundos y una apuesta por la diversificación productiva que sacó al campo de su abandono histórico. Y en ese punto, el candidato recordó que su trayectoria no es improvisada: juventud comunista, el M-19, el Polo Democrático, el Pacto Histórico. Una línea coherente de defensa de la paz, las víctimas y los derechos humanos. Eso no se inventa en una campaña.
Cepeda dejó claro que su gobierno será de continuidad con el de Gustavo Petro. No solo porque comparten un proyecto político, sino porque son amigos personales. Pero esa continuidad no es un automatismo: es la profundización de reformas estructurales en salud, en economía —más allá del extractivismo— y en seguridad, entendida como transformación social en los territorios. En ese camino, su carácter político sin ambigüedades es una ventaja. “Nosotros no cambiamos, no manipulamos, no engañamos al elector”, dijo. Y el país lo está entendiendo.
Hay una razón más, menos política pero quizás más profunda, que explica el fenómeno Cepeda. Un señor del sur de Bogotá lo resumió con una sencillez que las encuestas no capturan: “A Cepeda le va bien por su modo de ser. Se puede hablar con él, y él sabe llevar a la gente con respeto”. Esa capacidad de diálogo, esa ausencia de arrogancia, es lo que le permitirá concertar con las mayorías políticas que surgieron del reciente Congreso. Porque al final, la política también es eso: temple para enfrentar al adversario, pero temple también para escuchar. Y Cepeda tiene las dos cosas. Por eso ya le ganó la pelea a Uribe, mucho antes de que se abran las urnas.
