Hernán Camacho_ Detrás del «Escudo de las Américas» no hay una alianza inocente contra el crimen. Hay una relectura actualizada de la Doctrina Monroe, esa que proclamó «América para los americanos» en 1823 y que ahora, con Donald Trump, se convierte en una estrategia explícita de control hemisférico. Lo que Washington presenta como cooperación en seguridad es, en realidad, una herramienta geopolítica diseñada para excluir a los gobiernos que no se alinean con sus intereses y para blindar la región frente a la influencia de China y Rusia.
El nuevo diseño tiene dos pilares fundamentales. El primero es la exclusión ideológica: no se trata de una alianza entre iguales, sino de un club selecto donde solo entran los países que acepten las reglas de Washington. Aquellos gobiernos que mantengan relaciones con potencias consideradas «adversarias» o que impulsen modelos políticos autónomos quedarán automáticamente fuera, convertidos en sospechosos de amenazar la seguridad regional. Es una forma de chantaje geopolítico envuelto en retórica de cooperación.
El segundo pilar es la militarización. Bajo el pretexto de combatir el narcotráfico y el crimen organizado, el Escudo abre la puerta a una presencia más activa de fuerzas estadounidenses en los territorios. No se trata solo de compartir información de inteligencia, sino de operaciones conjuntas que, en la práctica, diluyen la soberanía de los países que acepten integrarse. La experiencia histórica demuestra que una vez que se cede ese terreno, es muy difícil recuperarlo.
En este contexto, la decisión de Colombia de no integrarse al Escudo adquiere una dimensión estratégica. No es un simple desaire diplomático: es una defensa de la autonomía nacional frente a un diseño que busca convertir a América Latina en un tablero más de la guerra fría entre potencias. Mientras México enfrenta presiones para permitir operaciones especiales en su territorio y Brasil observa con cautela, Petro envía un mensaje claro: la soberanía no se negocia, ni siquiera cuando la oferta viene envuelta en la retórica de la seguridad compartida.
Lo que está en juego no es solo una decisión de política exterior, sino el modelo de región que se quiere construir. Frente al «Escudo» que divide, excluye y militariza, los pueblos de Nuestra América necesitan respuestas basadas en la cooperación genuina, el respeto a la autodeterminación y la solución de las causas profundas de la violencia, no en más presencia militar extranjera. Por eso, el no de Colombia resuena más allá de sus fronteras: es una advertencia de que el intervencionismo ya no encontrará aliados sumisos en un continente que despierta.
