La Chispa_ En marzo de 2026, Colombia entregó la Presidencia Pro Tempore de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) después de un año de gestión que muchos analistas califican como el más activo y propositivo del mecanismo en la última década. Cuando Gustavo Petro asumió el liderazgo del bloque, la CELAC arrastraba años de letargo, relegada por las disputas ideológicas y la falta de voluntad política de varios gobiernos. Un año después, la organización recuperó su pulso: se reactivaron las cumbres, se trazaron hojas de ruta concretas con China y la Unión Europea, y se avanzó en políticas regionales en áreas clave como transición energética, seguridad alimentaria, integración comercial y lucha contra el cambio climático.
El balance deja una conclusión ineludible: sin liderazgo político, los mecanismos regionales se vacían de contenido. Petro y su gobierno entendieron que la integración no es un gesto simbólico, sino una herramienta para enfrentar los desafíos comunes de la región. Bajo la presidencia colombiana, la CELAC dejó de ser un espacio de fotos para convertirse en una plataforma de negociación efectiva. Se reactivaron los diálogos con China, se relanzó la relación birregional con la Unión Europea, y se avanzó en la construcción de una voz latinoamericana autónoma frente a las tensiones geopolíticas globales.
La recuperación de la CELAC también significó un rearme diplomático del continente en momentos críticos. Mientras el mundo se polarizaba entre potencias, América Latina, bajo el impulso de Colombia, demostró que puede construir consensos más allá de las diferencias ideológicas. La declaración conjunta frente a la guerra en Ucrania, la postura regional sobre la crisis climática y los acuerdos para enfrentar el hambre fueron algunos de los logros de un año que devolvió la credibilidad al organismo.
Colombia no solo presidió la CELAC: la rescató. Hoy, el bloque tiene una hoja de ruta definida, una relación más sólida con sus socios estratégicos y una agenda que trasciende la retórica. Uruguay, que asumió la presidencia saliente, recibe un mecanismo más vivo que nunca. La lección que queda es clara: cuando América Latina decide actuar unida, puede defender sus intereses con voz propia. Ese fue el legado de un año que marcó un antes y un después para la integración regional.
