Chascona observando La Serena...

Miradas, opiniones, sueños, cotidianos, de trigos no muy limpios..
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Pisar raya trae mala suerte.

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Eso pensaba cuando tenía ocho o quizás menos años. Uno caminaba a los saltitos por las calles, que en la tarde eran territorio de infantes y por ningún motivo pisabas la raya que divide el cemento en esos cuadros simétricos que forman las veredas.

Golpeabas la casa de tu vecina o viceversa y partíamos, entre divertidas y fastidiadas, a comprar algún encargo de la madre o simplemente a recorrer los barrios vecinos. Lo podías hacer en diversos medios de transporte exclusivos para niños. Bicicleta. Monopatín. Patines o corriendo. Te sentabas en los pastos de cualquier plaza y entre el sudor de los correteos y el contacto con aquellos pequeños alfileres verdes, una extraña picazón te recorría los brazos o la cara.

Uno mudaba dientes y al otro día, bajo la almohada encontrabas una moneda que era rápidamente gastada en dulces que obviamente, compartías con los amigos. Las grandes peleas se daban con los hermanos, pero al rato se volvía al cariño de siempre. Y no se ponía en duda que un ratón dejaba ese dinero y se llevaba tu diente para confeccionar un hermoso collar para su amada ratona.

Los veranos tardaban en llegar y cuando por fin lo hacía, a los adultos no les importaba mucho que uno desapareciera tardes enteras en jugarretas con los niños del barrio. Tampoco nos ayudaban con nuestras tareas, aunque mi tata siempre me hacía las divisiones, cosa por la cual me divorcié definitivamente de las matemáticas. Digamos que nos separan, hasta el día de hoy diferencias irreconciliables.

Las mangueras en las cálidas tardes de Enero eran las protagonistas elegidas para armar guerras de agua y las visitas a la playa en dónde tus padres te hacían esperar más de media hora antes de dejarte poner los pies en el agua, pues había que digerir el almuerzo, si no lo hacías, horribles calambres podían enredarte junto a las olas y eso era peligroso. Tanto como pisar raya.

Uno jugaba a muchas cosas y la imaginación se duplicaba si imaginábamos ser espías, súper heroínas o lo que fuera. Era normal caerse y llegar con las rodillas sangradas a casa. Entonces te ponían una sustancia roja en la herida que ardía como los mil demonios y uno aprendía que era mejor callarse la boca con los accidentes y simular que nada te dolía, antes de pasar nuevamente por la tortura del metapio.

Los grandes dolores de estómago se producían por andar comiendo fruta verde con sal. Entre griteríos y risas corríamos junto a perros, siempre dispuestos a seguirnos en la jugarreta y con cualquier niño que no conociéramos. Los que teníamos álbumes de figuritas, cambiábamos las repetidas y si no había pegamento, cosa común, nos las arreglábamos preparando en la cocina engrudo. Harina, agua y un poco de fuego. Así aquellos álbumes se iban pareciendo cada día más a los repollos y normalmente faltaban una o dos figuritas, a las cuales llamábamos "las difíciles".

Éramos libres e imaginativos. Qué contradictorio me parece, si vivíamos en plena dictadura y la rigidez era la norma. Nos convertimos con el tiempo en lo que hoy somos. Tenemos hijos que no conocen las calles. No cuentan con grandes cicatrices en las rodillas, pues no les permitimos salir a jugar. Ya no existe la figura del vecino pequeño que golpea tu puerta preguntando por tu hijo y si puede salir con él de aventuras o simplemente acompañarlo a comprar. Les damos celulares para saber dónde están todo el tiempo.

¿Tanto miedo tenemos? Tampoco existe la figura del almacenero. La imaginación va perdiendo terreno y el compartir es un recuerdo lejano. Van cambiando las costumbres y también los conceptos. Hay pocos oficios. Casi no quedan zapateros, modistas, y lo que deja de funcionar se tira a la basura. Sale más barato comprar artefactos nuevos.

Nos enrejamos de la noche a la mañana. La preocupación por el otro, es más bien que no te joda o simplemente juntarse a hablar del que cayó en desgracia, por la situación que sea, para decir "Pobre, que mal está, necesita ayuda". Pero eso llega hasta ahí, pues nadie mueve un dedo para tenderle la mano al triste, al enfermo, al cesante, al que tiene el corazón roto. Al desamparado.

Qué distinta fue mi niñez, a la niñez de ahora. Siempre estamos con los ojos fijos en nuestros hijos. Que nada les pase. Que nada los toque. Ojalá no se ensucien. Y eso es natural, protegerlos es nuestro deber pero en este afán les hemos quitado tantas cosas. La vida de vecindad, pues con suerte nos saludamos con el que vive al lado. Las correrías llenas de imaginación, en dónde uno era pirata, vaquero, bruja, hada, reina, villana, bestia o la más capa en el juego de las bolitas. De hecho, nunca más volví a ver una.

No se si fue una lección amarga de la historia. No se si se vive más seguro así, entre enjaulado y a la defensiva. No sé si cambió la vida o cambié yo. Pero así como van cambiando los conceptos y pensamos que solidaridad, más que compartir con el otro es vivir tu metro cuadrado "sin molestar" También van cambiando las conclusiones. Es cierto que los medios que nos bombardean todo el tiempo nos dicen que hay asesinatos, matanzas y que el mundo está bastante enfermo. Pero también es cierto que tanto miedo y encierro se debe a algo que cuando chicos no imaginábamos. En realidad, en lo que no confiamos es en nosotros mismos.

Triste. Es la era del "Nunca más nunca, rodillas peladas".

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..."Mi historia, en Peni 348 se mantiene intacta. Como La Serena de siempre. Sin aspavientos, sin vozarrones, con la calma característica de los que nacimos aquí y con el olor a mar que a eso de las siete de la tarde nos arrebata un poco."...

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