Presencia y nada mas

Pablo Luna reflexiona sobre si mismo, la vida, situaciones, la historia y la existencia
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El taxista que se quiere morir de una. Destacado

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Chile_10_2007_Taxis_Santiago_118.jpg

Santiago centro. Sábado por la mañana, todavía medio indignado con el chascarro de la noche anterior y las cosas que uno ve y que no sabe valorar ni medir en este Chile post moderno.

Luego de haber asistido a la Conferencia de Profesionales del Partido Comunista en la Gran Avenida me vine al hotel donde me alojé y luego de tomar una reconfortante ducha decidí salir a comer. Total andar solo en una ciudad de solitarios, ensimismados, esquizofrénicos, volados que hablan solos, entre las ordas que pululan junto a gringos paliduchos, mujeres solas y perros abandonados, pasa uno algo así como desapercibido. Así que endilgo mi humanidad a un restorán bastante bueno que hace arte con materia prima nacional y cuyos postres son casi orgiásticos y me preparo a disfrutar, por lo menos durante una hora, de cada bocado de una reineta con risoto a la albahaca acompañado de un chardoné helado a punto y con la acides perfecta y la emocionante sorpresa de un postre delicado como una minné. Mientras reviso la carta del chef, en la mesa junto a la mía se sienta una pareja ya adulta y muy conversadora. Por mi parte, no me interesa su perorata y me preocupa su cercanía, pues no quiero más que disfrutar mi risoto que arribó a mi mesa en un plato blanco inmenso con una presentación comparada a una pequeña obra de arte. Saco con calma y delicadeza cada bocado del plato como si fuera un mineral precioso y me lo llevo a la boca, como un beso apasionado y tierno. Cada bocado lo degusto en la frescura perfumada de la albahaca y la cremosidad perfecta del risoto. Entonces por alguna razón o instinto me doy cuenta que me están mirando. Lo siento en la esquina del ojo. Y ya consciente, los escucho hablar. Ella de unos 50, con una chasca voluptuosa hacia atrás de crespos tinturados de negro gesticulaba al cielo hablando de negocios y él un tipo más viejo que yo, con moño intelectual y un gorro verde de tela de guerrillero del sendero luminoso, con la consabida estrella roja y unos lentes bifocales gigantescos, hablaba en francés. Ella le contestaba también en francés, pero entremezclado con el indeferenciable castellano que hablamos los chilenos. A mi izquierda había dos alemanas gigantescas que se comieron en dos minutos un filete mignion inmenso y cuando yo estaba recién en la mitad de mi lujuria de reineta con arroz a la albahaca, se zamparon un postre indescriptible. También me miraban. Entonces seguí comiendo como si estuviera haciendo el amor con el plato. Ya que me estorbaban el parabrisas, no había más que enseñarles a estos voyeristas descarados a respetar la intimidad de lo que uno hace. La pareja de la derecha seguía hablando en alto tono en francés hasta el punto en que entendí que no eran más que chilenos, del verbo clase media, venida a residente al otro lado del charco y que por alguna razón extraña y figurona, hacían un número en un restoran frente a desconocidos. ¿Seria por la presencia de las alemanas?

Bajo estas circunstancias llego al final de mi puesta en escena de degustar ese plato de chef. Pedí la cuenta. La garzona trajo la maquinita, pasa por la ranura del aparato mi tarjeta de BancoEstado y no funciona. La pasa tres veces y yo ya estoy pensando que un hacker ruso me vació la cuenta y la muchacha displicente me libera del bochorno solicitándome ir a la caja. La tarjeta no funciona. Le paso mi carnet al tipo de la caja y me voy a un cajero a media cuadra del restorán. Es tarde. Una cola de gente sacando plata y la mayoría son denegados por el sistema. Algunos de ellos realmente preocupados, pálidos, otros indignados. Un par de jovencitas en shorts se ríen nerviosas. Otra a mi lado habla pestes con su amiga de su madre. Me entero que BancoEstado no funciona. El resto si. ¿Será una casualidad? Vuelvo al hotel a buscar una tarjeta de crédito de otro banco y el conserje me comenta que es común que BancoEstado haga eso. Le pregunto porqué. Me dice que es para sacarle plata a la gente y para que usen las tarjetas de crédito. Que lo hacen siempre. Igual que Entel, que manda mensajes a la gente notificándole que tienen llamadas perdidas o mensajes en el buzón de voz. Invierten 2 pesos y cobran 90. Negocio redondo si millones de teléfonos responden. ¿Y el banco que gana? Las comisiones, cargos, administración electrónica de impuestos, mantenciones de los "plásticos" y la consecuente sensación de inseguridad social que lleva a la gente hacia un lugar infalible: el consumo. El gran chupete consolador de la ignorancia emocional de la masa.

Vuelvo al cajero con "el plástico" de crédito y efectivamente no me queda más que sacar "un avance en efectivo" que me costará por lo menos un diez a veinte por ciento de su valor y como no tengo seguridad alguna de que los hackers rusos me hayan dejado un peso en mi cuenta con "el plástico" en efectivo, sacó lo suficiente y más aún para asegurarme de poder pagar el hotel en billetes - hechos en Australia y de plástico - y lo que me signifique gastar al día siguiente para volver a mi casa y no salir nunca más de allí.

A la mañana siguiente salgo apresurado del hotel con destino al terminal de buses y como sólo tengo menos de una hora para llegar al rodoviario de TurBus - ver la otra nota - tomo un taxi.

Le cuento al taxista del problema con mi tarjeta bancaria y el hombre, bastante avanzado en edad no se admira me asegura que eso pasa siempre. A su vez me dice que la salud en Chile es "como las weas" y que "todos estos culiaos que se han hecho millonarios con la salud" que los médicos "son unos carniceros chuchesumaire" y que el no quiere más que morirse de una, para que ningún "asaltante culiao, deje endeudada a mi familia de por vida si a mi me pasa algo". "Quiero que la muerte me pille y me lleve altiro, así no tendrán oportunidad de deshollejar a los míos" Miro por la ventana del taxi como pasa la Alameda y me convenzo una vez más que la batalla que se nos viene encima es como para siempre. Y nadie nos dirá si lo hicimos bien tampoco. Tal vez por eso mismo es que vale la pena.

©Lachispa.info
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Premio revista Onda 1972 para jóvenes escritores chilenos. Editor Revista La Lengua, Editor revista Vigencia, Editor revista Studio Liceo de Hombres de Los Angeles 1969.

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