Chascona observando La Serena...

Miradas, opiniones, sueños, cotidianos, de trigos no muy limpios..
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Gabriela Torres

Gabriela Torres


..."Mi historia, en Peni 348 se mantiene intacta. Como La Serena de siempre. Sin aspavientos, sin vozarrones, con la calma característica de los que nacimos aquí y con el olor a mar que a eso de las siete de la tarde nos arrebata un poco."...

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Tal cual. Tan cerca y tan lejos de mi Serena tan querida. No lo conocía, sufro de ese raro síndrome serenense. Sí, ese que nos deja pegados en las mismas calles, los mismos rincones, sin movernos mucho de nuestros lugares ciertos y conocidos.

El lunes tuve libre. Partí con un amigo de infancia, que anda poseído por la fotografía, para aquellos andurriales. Uno entra al pueblo y se encuentra con lo clásico. Una sola calle. Al principio un minimarket con la bandera del Colo Colo. Luego, una casa humilde con una bandera chilena medio deshilachada y pasos más allá una nueva, grande y flameante de la Coca Cola. No pude reprimir mi risa ¿Así es nuestra identidad?.

Niños corriendo y gente con caras serias mirándonos. No teníamos cara de ser de la "muni", por lo tanto, nos dejaron pasar sin hacer aspavientos y con señas en las manos.

Llegamos a un lugar dónde el roquerío y el oleaje eran lo único existente. La tarde avanzaba y mientras más corrían los minutos, la espuma blanca que se levantaba sobre las rocas se hacían cada vez más escandalosas, pero ojo, con gracia.

Recordé a las bailarinas del municipal, cuando parecen desafiar la ley de gravedad y saltan con los pies en punta. La espuma, tan blanca, bailaba en un estrellar que duraba segundos.

Mi amigo andaba en trance, con trípode y máquina. Se equilibraba a lo lejos entre esa naturaleza, mientras yo escudriñaba el cielo y me entregaba al sol y a la brisa marina. Esa misma que parece arrebatarte. 

Era lindo sentirse totalmente sola en aquel escenario. Oh quizá no. Estaba muy acompañada por mi y lejos de cualquier ruido o señal urbana. 

Recorrí rocas, subí y bajé por ellas. Algunas tenían forma de sillón, entonces, con pucho en mano me sometía sin quejas a la naturaleza, sentadita bien derechita, como le gusta que lo haga mi madre. 

Llegó el atardecer y con ello los colores que cruzan el cielo. Desde rojos, hasta violetas. Desvergonzados y bellos. Salimos de noche. El pueblo tenía otra vida y los niños, tenían su jolgorio en una plaza improvisada, con juegos. Había taca taca, camas elásticas y flacuchos corriendo por todos lados. 

Nos despedimos de Chungungo, con el alma agradecida por tanta naturaleza no contaminada y con un cielo en donde Orión se veía clarito y miles de estrellas hacían de las suyas.

Ahora, que recuerdo aquel lugar, ruido de mar se me cuela en la memoria auditiva y paraísos incontaminados me cuentan de su presencia justo a 40 kms. Y lo mejor, no hay que morirse para llegar a las tierras prometidas.

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